"Con el doble de esto y sin aquello, quiere decir como TÚ quieras"

EL CASO DE LA MANDARINA ROBADA

La mandarina robada
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El día que Ooka había llegado a Edo para tomar sus funciones, había la necesidad, según la costumbre, de dar un gran festín. Estaban todos los notables, los funcionarios y los jueces; en total, trescientas personas. Al terminar la comida , se entretenían delante de sus copas de alcohol de arroz, charlaban y contaban historias. Se habló del ejercicio de la justicia y los jueces declararon que la mejor forma de conocer la verdad era valerse de todo. Todos ellos aseguraban que el mentiroso más endurecido o el pillo más empedernido se pondrían entonces a hablar.

Ooka los escuchaba sin decir una palabra y con semblante más bien triste. Cuando ellos vacíaban su última copa, él se levantó y dijo: ‘Toda buena comida se termina por la fruta; esta es la estación de mandarinas; están en su punto maduro y dulces como la miel. Yo estoy verdaderamente apenado por no haber pensado en eso. Discúlpenme, voy inmediatamente a reparar este olvido!

El habla a su fiel sirviente, Naosuka, y le ordena ir a comprar las mandarinas. Las trae inmediatamente, carga un saco lleno de frutas. Ooka le da las gracias, reflexiona un pequeño instante, después le pide a Naosuka contar las mandarinas. Naosuka lo hace y dice: ‘Señor, falta una, aquí había trescientas.’

‘¡Yo te había pedido exactamente trescientas mandarinas! Uno de nuestros invitados no tendrá ninguna.’ El sirviente, muy desconcertado, contemplaba el montón de fruta: ‘Señor’, dijo él consternado, ‘había trescientas, se lo aseguro. Yo mismo las conté y las metí dentro de la bolsa.

Ooka tomó un aire severo: ‘Entonces, tú te la has comido en el camino. ¡Confiesa! El sirviente palideció: ‘No, Señor, yo no me la comí! Yo nunca haría una cosa parecida!’ ‘¿Tú quieres sin duda hacerme creer que las mandarinas tienen pies y que una de ellas se fugó? ‘Yo no osaría decir eso, Señor. Yo afirmo solamente que no la toqué.’

‘Nosotros vamos a saber la verdad’, respondió Ooka. ‘Yo seré un muy mal juez si no llego a descubrir, en mi propia casa, la última palabra de este asunto!’ El se vuelve hacia un ayudante de justicia y le ordena que traiga una hornilla encendida, agua hirviendo y todos los instrumentos de la tortura judicial. El ayudante judicial pronto estuvo de regreso, él deposita cuidadosamente en la tierra una olla grande de agua hirviendo y sobre el banco, la hornilla encendida, las pinzas y las agujas.’Y ahora’, le dijo Ooka, ‘muestra tus instrumentos a éste sirviente malvado y explícale donde deberá pasar si él se obstina en ocultar la verdad’.

El ayudante judicial explica con detalles al desafortunado que le podría pasar. El sirviente palidecía más y más, y finalmente, él se lanza a los pies de su amo. ‘Piedad, amo,’ gritaba con voz de lamento, ‘Yo la tomé’
‘Bien,’ respondió fríamente Ooka. ‘Cuéntanos exactamente lo que tú has hecho, no omitas ningún detalle y explica lo que te impulsó a robar’ ‘Yo no tenía la intención de tocar esas mandarinas,’ respondió el sirviente. ‘pero estaban bellas, doradas, se apetecían y bueno, yo no pude resistir. Enseguida, tomé una de la bolsa y me la comí. Estaba tan deliciosa que aún tengo el sabor en el paladar.’

Todos admiraron como la verdad era aclarada rápidamente. Algunos felicitaron al juez por su rigor y su sentido de la justicia, otros se rieron de verle víctima de su propio sirviente. Ooka los escuchó en silencio, luego se dirigió a Naosuka y le dijo: ‘Tú sostienes delante de todos estos testigos que tú robaste una mandarina?’ ‘Yo la tomé.’ respondió el sirviente en llanto. ‘Yo soy un ladrón y amerito un castigo. Yo le suplico solamente ser indulgente, puesto que esta es la primera vez en mi vida que yo robo.’

Ooka miró tristemente a sus invitados, luego se aproximó a su sirviente, se inclinó profundamente delante de él, le abrazó y dijo: ‘Perdóname de haberte sometido a esta prueba penosa. Yo me disculpo delante de todos y te prometo hacerte olvidar este desafortunado episodio por un aumento de amistad.

Después él sacó de su manga larga la mandarina que faltaba, la lanzó a lo lejos y gritó: ‘Fui yo quien tomó esa mandarina. Mi sirviente es inocente. Solo el miedo a la tortura le ha hecho aceptar un delito que él nunca cometió. Intenten imaginar cuantos inocentes se pudren dentro de sus prisiones porque ellos han sido acusados de acciones que nunca han cometido. Yo les suplicaría, no olvidar jamás esta mandarina. Piensen en eso siempre cuando ustedes estén tentados de usar la fuerza para descubrir la verdad.’
Fuente

Cuentos de Locos prudentes – Ediciones Gründ, Cuentos y leyendas de todos los países. en: Amnesty International & A.T.D. Quart Monde Jeunesse, Vivre dans la dignité, c’est aussi un droit de l’homme. Education aux droits de l’homme. Dossier pédagogique pour le secondaire. Bruselas, 1988 (Traducción Cristina Gómez)

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